lunes, 31 de enero de 2011

Consejo para no enamorar: Sus amigos no importan



SIIIIIIIIII IMPOOOOORTAAAAAAAAAAAAN, SII IMPORTAAAAAAAAAAAAAN. No te dejes engañar, que sus juramentos de amor sincero e invulnerable no te obnubilen las ideas. Que sus no importa lo que diga el resto no te convenzan ni un poquito, no te distraigan ni por un segundo, porque ahí sí, te cagaste. Concéntrate y tatúate esto en el trasero: El entorno de tu pareja es algo de mucho cuidado. Lo que escuche de sus padres, influye. Lo que opinen sus primos, afecta. Lo que le recomienden sus amigos, importa. Importa mucho.

Cuando empezamos una relación con buen pie todo parece salir bien. Al menos al principio. Las discusiones casi no están, las miradas casi hablan, los besos casi se escriben  y, aunque sintamos que faltan, las caricias casi sobran. Todo parece perfecto en ese micro mundo que se levanta alrededor de una pareja novicia y risueña, que tiene como único deseo aparente, seguir queriéndose sin que nadie joda. Nadie, ni siquiera el círculo más íntimo de amigos. Cuando encontramos a una persona tan querible, tan amable, nos olvidamos de que el fin de semana tenemos partido de fulbito con la gente de la universidad, que los domingos son días “de familia” y que los 200 amigos que tenemos en común en Facebook se hartan, se aburren, se cagan en tener que leer nuestros ridículos mensajitos en el muro llenos de cursilerías, banalidades y naderías proclives a convertirse en verdaderos exponentes mundiales de la poesía huachafa en español. Nos desentendemos, por un momento, de nuestro entorno y creemos que la relación que hemos creado siempre va a ser así, perfecta, parapetada e indiscutible. Aislada del mundo. Invencible.

miércoles, 12 de enero de 2011

Sólo en cines


No es lo mismo ir solo al cine que ir con tu enamorada, con tus patas o con tu familia; no es la misma la forma con la que compras las entradas, ubicas los asientos o comentas la película; ni siquiera son los mismos tus gustos taquilleros pues, cuando vas con tu flaquita, por ejemplo, te ves obligado a comprar entradas para un drama o, en el mejor de los casos, una comedia romántica que cuenta la misma risible historia que has venido viendo durante años: la de una pareja de gringos que si no empiezan odiándose empiezan imposibilitados de estar en una relación pero  que –ojo, siempre, siempre es así –, después de una hora y media de circunstancias graciosas solamente por lo previsibles que son y atractivas solamente por lo atractivo de sus protagonistas, terminan  teniendo un revolcón, un funki funki, un rapirín en un departamento (o una casa de campo en el estado de Texas) en un mediocre intento de - al fin, carajo - volver la película un poquito más interesante, más candente y más llevadera, pero que; justo en el momento en el que los pervertidos empezamos a acomodarnos plácidamente en las butacas; precisamente cuando, gracias a la fugaz visión de las caderas de Julia Roberts o Katherin Zeta Jones , nos empezamos a olvidar melifluamente de la canchita  y de la gaseosa; justo cuando en esa película para mayores de 14 se comienza a deslizar la sábana crema que deja descubierta la espalda de la chica sexy (y en el caso de las chicas, los bíceps a punto de estallar del galán de la película que a muchos nos parece maricón); cuando la película recién comienza de verdad y precisamente en el instante clímax de la cinta; la escena se termina de improviso, se adelanta hasta la aburrida conversación que se lleva al día siguiente y sentimos que todas nuestras hormonas, que ya estaban talqueadas y acicaladas, radiantes, excitadas y perfumadas,  se quedan tristes, furiosas, exudando decepción.  Entonces nos acordamos de la mamá del director, renovamos nuestra antipatía por la mayoría de comedias románticas y prometemos no volver a pagar ni un mango por uno de esos vituperios cinematográficos a nuestra benemérita habilidad crítica del séptimo arte.

Pero de todas maneras se podría decir que, en general, ir al cine es una buena opción y una gran experiencia si cubres algunos requisitos previos. Primero, vas solo, segundo, coges un buen asiento y tercero, –claro está- una buena pela.  Esto de ir solo al cine no es solamente posible, sino absolutamente lógico y a veces hasta necesario. Si analizamos lo obvio podríamos deducir que lo único que necesitamos para disfrutar de una buena película (desde El Rey León hasta Haz conmigo lo que quieras) son nuestros ojos y nuestros oídos, nada más. (Bueno, a excepción de Haz conmigo lo que quieras y demás películas del género calenturiento). Lo que sea que dificulte nuestra vista y nuestra audición, por lo tanto, estorba, huevea, ataranta; ergo, ir con amigos bullangeros, con una chica melodramática, con un hermano menor con boquita de ambulante o con un celular encendido con el timbre de Panamericano a todo volumen es una potencial amenaza al impedirnos disfrutar de nuestra película y cualquier acompañante adicional, si bien a muchos les parece indiscutiblemente necesario, a mí a veces me desquicia, me trastorna y me jode tremendamente. Pues la pura verdad es que una película se disfruta mucho mejor solo y quien sea que piensa que ir al cine sin compañía es algo estúpido e introvertido pues tan solo  se auto etiqueta como un niñato acomplejado de insustancial autoestima, títere fortuito y atormentado social, además.   

viernes, 10 de diciembre de 2010

Cuento: Barra libre. Parte 1.



Son las ocho de la mañana, el sol de verano ya está sobre el cielo desde hace una hora y, a lo lejos, a unos trescientos metros, Fabricio, que camina zigzagueantemente por la espaciosa vereda derecha de la avenida San Felipe, escucha un melódico silbatazo de un heladero D´onofrio que, en condiciones normales, le habría obligado a esbozar una cremosa sonrisa de vainilla, pero que ahora solamente le recuerda al muchacho lo tarde que es, le predice el enojo de sus padres cuando entre a mitad del desayuno, le apretuja aún más el corazón encogido y le hace el camino aún más pesado. Su polo está vomitado y sobre sus hombros dormita Carlos, su mejor amigo, dando tumbos torpes y susurrando persistentemente “Qué bien chapa, carajo… Qué bien chapa”. Fabricio no le dice nada, no hace nada, ni siquiera se sacude las lágrimas que recorren lúbricamente sus cachetes, lo único que logra improvisar es sostener con más fuerza a su compinche y apresurar, aún más, el paso hacia su casa.

Al llegar su papá no le dirige la palabra, pues está furioso; y su hermano no lo mira, pues está asustado; cuando se da cuenta de la magnitud de su falta y se rinde de golpe baja la cabeza y dirige a Carlos, que sigue repitiendo obstinantemente las mismas palabras, al dormitorio de visitas que está a tres puertas de allí, frente al baño. Entonces; tras acostar a su amigo, quitarle los zapatos y acomodar su sudada cabeza sobre un par de almohadas de plumas; desbaratado por el impulso, trastornado por la impotencia, loco por la confusión, Fabricio silencia los ronquidos de Carlos, su brother, su cofrade, su hermano, con un golpe en la cara, con un puñete violento, cobarde, que impacta en su pómulo secamente, difumina un dolor mudo y embriagado y le arrastra un hilo de sangre con saliva hasta el mentón. Lo coge del polo, lo levanta del pecho, prepara un segundo castigo.

-          ¿Fabricio?, Hijo, ¿Qué haces?- Grita su mamá desde la puerta. Entra desesperada y lo empuja con toda la fuerza que tiene. Hay un poco de terror en su voz, muchas sombras debajo de sus ojos, se nota que no ha dormido, que está asustada.
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